Lección de Los sacramentos de la curación

Hemos estudiado los sacramentos de la iniciación cristiana: Bautismo, Confirmación y Eucaristía,  que otorgan la vida nueva en Cristo. Pero, a pesar de tanta gracia, el hombre es débil, puede pecar y arrastra las miserias del pecado.

    Cristo quiso que en la Iglesia hubiese un remedio para esas necesidades, y lo encontramos en los sacramentos de la Penitencia y de la Unción de enfermos, llamados sacramentos de curación porque curan la debilidad y perdonan los pecados.

Para salvarse, hay que arrepentirse de los pecados

   No hay salvación posible sin el arrepentimiento de los pecados, que es completamente necesario para aquel que ha ofendido a Dios. Así lo dice Jesucristo: «Si no hacéis penitencia, todos igualmente pereceréis» (Lucas 13,3).

    Antes de venir Jesucristo, los hombres no tenían seguridad de haber obtenido perdón de sus pecados. La seguridad nos la trajo Él, que podía decir: «Tus pecados te son perdonados» (Mateo 9,2).

La institución del sacramento de la Penitencia para perdonar los pecados

   En la tarde del Domingo de Resurrección, Jesucristo instituyó el sacramento de la Penitencia, al decir a sus discípulos: «Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonaréis los pecados, les son perdonados; a quienes se los retengáis, les son retenidos» (Juan 20,22-23). Instituyó este sacramento a manera de juicio, pero juicio de misericordia, para que los Apóstoles y legítimos sucesores pudiesen perdonar los pecados.

    «¡Mira qué entrañas de misericordia tiene la justicia de Dios! -Porque en los juicios humanos, se castiga al que confiesa su culpa: y, en el divino, se perdona.
¿Bendito sea el sacramento de la Penitencia!» (Camino, 309).

    Este sacramento se denomina también de la conversión, de la reconciliación, o confesión.

Jesucristo mismo, por el sacerdote, es quien absuelve

   Sólo los sacerdotes -con potestad de orden y facultad de ejercerla- pueden perdonar los pecados, pues Jesucristo dio poder sólo a ellos. No se obtiene el perdón, por tanto, diciendo los pecados a un amigo, o directamente a Dios. Además, en el momento de la absolución es Cristo mismo quien absuelve y perdona los pecados por medio del sacerdote, ya que el pecado es ofensa a Dios y sólo Dios puede perdonarlo. El sacerdote debe guardar -bajo obligación gravísima- el sigilo sacramental.

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