Lección de Milagro del ciego de nacimiento

Al pasar vio Jesús a un hombre ciego de nacimiento. Y preguntaron sus discípulos:

   – Rabbi, ¿quién pecó, éste o sus padres para que naciera ciego? Respondió Jesús:

   – Ni pecó éste ni sus padres, sino eso ha ocurrido para que las obras de Dios se manifiesten en él. Es necesario que nosotros hagamos las obras del que me ha enviado mientras es de día, pues llega la noche cuando nadie puede trabajar. Mientras estoy en el mundo soy luz del mundo.

   Dicho esto, escupió en el suelo, hizo lodo con la saliva, aplicó el lodo en sus ojos y le dijo:

   – Anda, lávate en la piscina de Siloé -que significa Enviado-. Fue y los que le habían visto antes cuando era mendigo decían:

   – ¿No es éste el que estaba sentado y pedía limosna? Unos decían: Es él. Otros en cambio: De ningún modo, sino que se le parece. Él decía: Soy yo. Entonces le preguntaban:

   – ¿Cómo se te abrieron los ojos? Él respondió:

   – Ese hombre que se llama Jesús hizo lodo, me untó los ojos y me dijo: Ve a Siloé y lávate. Entonces fui, me lavé y comencé a ver. Le dijeron:

   – ¿Dónde está ese? Él respondió: No lo sé.

   Llevaron ante los fariseos al que había sido ciego. Era sábado el día en que Jesús hizo lodo y le abrió los ojos. Y le preguntaban de nuevo los fariseos cómo había comenzado a ver. Él les respondió:

   -Me puso lodo en los ojos  me lavé y veo. Entonces algunos de los fariseos decían:

   – Eses hombre no es de Dios, ya que no guarda el sábado. Pero otros decían: ¿Cómo puede un hombre pecador hacer tales prodigios? Y había división entre ellos. (Juan 9, 1-16)


El dolor, que acompaña tantas veces la vida del justo, puede ser un medio que Dios le envía para purificarse de sus imperfecciones, para ejercitar y robustecer sus virtudes y para unirse a los padecimientos de Cristo Redentor que, siendo inocente, llevó sobre sí el castigo que merecían nuestros pecados.

(Pintura: La curación del ciego. EL GRECO, D. Teothscopulos. Gemalde Galerie. Dresden)

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