Lección de No me invento excusas 1

 Seguro que te suena la historia de aquel labrador que, despatarrado y orondo en su burro, volvía del campo con el hijo, que caminaba detrás.

El primer vecino con quien se encontraron afeó la conducta del labriego: -¿Qué? ¿Satisfecho? ¡Y al hijo que lo parta un rayo!

   Apeóse el viejo y montó al hijo. Unos cien pasos darían cuando una mujer se encaró con con ellos: -¡Cómo! ¿A pie el padre? ¡Vergüenza le debía dar al mozo!

   Bajó éste abochornado, y amigablemente conversaban tras el jumento, cuando un guasón les tiró una indirecta: -¡Ojo, compadre, no tan deprisa que se les aspea el asno!

   No sabiendo ya a qué carta quedarse, montaron ambos. Andaba cansino el burro el último trecho, y alguien les voceó de nuevo: -¡Se necesita ser bestias!; ¿no seis que el pobre animal va arrastrando el alma por el suelo?

   -Ya sólo les faltaba cargas con el borrico a sus espaldas…

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