Lección de Todos los hombres han de morir

Todo hombre sabe que un día morirá, y la experiencia de la muerte, que a todos alcanza, es completamente cierta y segura. Diariamente, mueren muchas personas, con frecuencia muy cercanas a nosotros: familiares, amigos, conocidos; mueren ricos y pobres, famosos o gente desconocida, ancianos, jóvenes y también niños. Y hay que considerar que sólo se vive y se muere una vez; es una fantasía -y un error- pensar en la reencarnación después de la muerte. La muerte es la separación del alma y el cuerpo; el final de la vida terrena. A las pocas horas de morir, el cuerpo comienza a corromperse.

La muerte, consecuencia del pecado

    Recogiendo las afirmaciones de la Sagrada Escritura, la Iglesia enseña que la muerte entró en el mundo a causa del pecado. El hombre es por naturaleza mortal, pero Dios había corregido esta falla de la constitución humana con un privilegio que lo libraba de la muerte, si era fiel a su Creador. Por tanto, la muerte fue contraria a los designios de Dios creador y entró en el mundo como consecuencia del pecado de los primeros padres, Adán y Eva.

La muerte fue transformada por Cristo

    Gracias a Cristo, la muerte cristiana debe tener un sentido positivo. Jesús, el Hijo de Dios, sufrió también la muerte, propia de la condición humana, pero la asumió en un acto de sometimiento total y libre a la voluntad del Padre. La obediencia de Jesús transformó la maldición de la muerte en bendición. Por su muerte, Cristo venció a la muerte, abriendo así a todos los hombres la posibilidad de salvación. La visión cristiana de la muerte se expresa de modo privilegiado en la liturgia de la Iglesia cuando dice:

    «La vida de los que en ti creemos, Señor, no termina, se transforma; y, al deshacerse nuestra morada terrenal, adquirimos una mansión eterna en el cielo» (Prefacio de difuntos).

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