Lección de Varios milagros de Jesús

Curación del hijo de Régulo

    Desde Caná Jesús fue a Galilea donde lo recibieron con admiración por las cosas que se decían de él.  Había allí un funcionario real, llamado Régulo, cuyo hijo estaba enfermo en Cafarnaún. Régulo se acercó a Jesús y le rogaba que curase a su hijo, pues estaba muriéndose.
Jesús le dijo – Si no veis signos y prodigios, no creéis.
Le respondió el funcionario real: – Baja antes de que muera mi hijo.
Jesús le contestó: – Vete, tu hijo vive. Aquél hombre creyó en la palabra de Jesús y se marchó.

   Cuando Régulo volvía a su casa, le salieron al encuentro los criados diciéndole que su hijo vivía. Se informó el padre y comprobó que se había curado a la misma hora en que Jesús se lo dijo. Y creyó él y toda su casa. (Juan 4, 46-54)
Jesús pide una fe recia y pura, que, aunque se apoye en milagros, no los exige. Sin embargo, Dios sigue en todos los tiempos haciendo milagros, que sirven para reafirmar la fe.

(Pintura: Retrato de Cristo. EYCK, Jan van. Museo Groeninge. Brujas)

Nazaret rechaza a Jesús

   Jesús llegó a Nazaret, donde se había criado y según la costumbre entró en la sinagoga el sábado.  Y se levantó para leer un fragmento del profeta Isaías que se aplicó a él. Todos daban testimonio a favor de él, y se admiraban de las palabras de gracia que salían de su boca.
Los judíos decían: – ¿No es éste el hijo de José?
Jesús les dijo: – En verdad os digo que ningún  profeta es bien recibido en su patria. Al oír estas palabras, todos en la sinagoga se llenaron de ira, y se levantaron, le echaron fuera de la ciudad y lo llevaron hasta la cima del monte para despeñarle. Pero él, pasando por medio de ellos, seguía su camino ( Lucas 4, 16-30)
Se necesita una buna disposición a fin de que los milagros puedan dar origen  a la fe en Jesús: solo se le entiende en la humildad y en la seria resolución de ponerse en sus manos.

(Pintura: Infancia de Jesús. HONTHORST, Gerrit van. El Hermitage. San Petersburgo)

Primera pesca milagrosa

   Pasando Jesús junto al lago de Genesaret, enseñaba a la gente desde una barca. Después dijo a Simón: – Guía mar a dentro, y echad vuestras redes para la pesca. Simón le contestó: – Maestro, hemos estado fatigándonos durante toda la noche y nada hemos pescado; pero no obstante, sobre tu palabra echaré las redes. Y habiéndolo hecho recogieron gran cantidad de peces, tantos que las redes se rompían. Entonces hicieron señas a los compañeros que estaban en la otra barca, para que vinieran y les ayudasen. Vinieron, y llenaron las dos barcas, de modo que casi se hundían.

   Cuando lo vio Simón Pedro, se arrojó a los pies de Jesús, diciendo: – Apártate de mi, Señor, que soy un hombre pecador. Pues el asombro se había apoderado de él y de cuantos estaban con él, por la gran cantidad de peces que habían capturado. Lo mismo sucedía a Santiago y a Juan, hijos de Zebedeo, que eran compañeros de Simón.

   Entonces Jesús les dijo: – No temas; desde ahora serán  hombres los que has de pescar. Y ellos, sacando las barcas a tierra, dejadas todas las cosas, le siguieron. ( Lucas 5, 4-11) Es Cristo el amo de la barca: es él el que prepara la faena: para eso ha venido al mundo, para ocuparse de que sus hermanos encuentren el camino de la gloria y del amor al Padre.

(Pintura: Milagro de la pesca milagrosa. WITZ, Konrad. Museo de Arte e Historia. Génova)


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